Grupo de Oración: Todo lo que escuchamos, celebramos y estamos invitados a vivir, lo presentamos al Buen Padre Dios, clamando con Cristo Jesús nuestro hermano, unidos a la Santísima Virgen en la oración. En este grupo nos reunimos cada quince días, delante del sagrario y desde la oración nos vamos formando. Es un lugar donde rezamos y crecemos en la fe.

"Es bueno discurrir un rato ... pero que no se vaya todo el tiempo en esto ... porque la sustancia de la oración no está en pensar mucho, sino en amar mucho ... y amar es complacer a Dios en todo". "La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes ... se hace interior en la medida que tomamos conciencia de Aquél "a Quien hablamos" (Sta. Teresa de Jesús). "Sed fieles a vuestras oraciones diarias, ellas mantendrán vuestra fe viva y vibrante y os ayudaran a esperar y a amar..." (Juan Pablo II)

Grupo De Oración

Parroquia      San Pedro Apóstol    Buñol

- CONTENIDO -

I. De La “Novo Millennio Ineunte”

II. Catecismo de la Iglesia Católica.

¿Qué es la Oración?

Oración como don de Dios. Alianza. Comunión.

III. Sínodo Diocesano Valentino.

IV. Un poco de Historia.

El Sínodo Diocesano (1982- 1983).

Etapa Post-sinodal (1984)

Nuevo Grupo Parroquial.

Actualidad.

V. Finalidad del Grupo de Oración.

Ayudas a la oración.

Oración perseverante.

VI. Esquema de los encuentros.

VII. Oraciones Y Plegarias.

VIII. Distintas Formas

De Hacer Oración.

Dedicatoria: Este “librito” se ha preparado para ayudar a la oración , y también como una sencilla guía espiritual, pensado en el Grupo de Oración y para todas aquellas personas interesadas, que quieran avanzar por el camino de la oración y de la vida intima con Dios. Recoge de una manera breve la historia de éste grupo, desde sus inicios (hace más de veinte años) hasta el momento presente. Estamos convencidos que el Grupo de Oración ha sido un regalo de Dios para la Parroquia de San Pedro Apóstol, y un fruto del Espíritu Santo que anima y guía a la Iglesia que peregrina hacia el cielo.

Buñol, Noviembre de 2007.

La Parroquia.

De La “Novo Millennio Ineunte”

CARTA APOSTÓLICA DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II AL CONCLUIR EL GRAN JUBILEO DEL AÑO 2000

La santidad

Conviene descubrir en todo su valor programático el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, dedicado a la «vocación universal a la santidad». Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática no fue para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología, sino más bien para poner de relieve una dinámica intrínseca y determinante. Descubrir a la Iglesia como «misterio», es decir, como pueblo «congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», llevaba a descubrir también su «santidad», entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo, el «tres veces Santo» (cf. Is 6,3). Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para santificarla (cf. Ef 5,25-26). Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado.

Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor».

Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede «programar» la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?» Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.

La oración

Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. El Año jubilar ha sido un año de oración personal y comunitaria más intensa. Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial, pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas.

¿No es acaso un «signo de los tiempos» el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar? También las otras religiones, ya presentes extensamente en los territorios de antigua cristianización, ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad, y lo hacen a veces de manera atractiva. Nosotros, que tenemos la gracia de creer en Cristo, revelador del Padre y Salvador del mundo, debemos enseñar a qué grado de interiorización nos puede llevar la relación con él.

La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor,

hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: «El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21). Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia, el cual, sin embargo, requiere un intenso compromiso espiritual que encuentra también dolorosas purificaciones (la «noche oscura»), pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como «unión esponsal». ¿Cómo no recordar aquí, entre tantos testimonios espléndidos, la doctrina de san Juan de la Cruz y de santa Teresa de Jesús?

Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el arrebato del corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios.

Ciertamente, los fieles que han recibido el don de la vocación a una vida de especial consagración están llamados de manera particular a la oración: por su naturaleza, la consagración les hace más disponibles para la experiencia contemplativa, y es importante que ellos la cultiven con generosa dedicación. Pero se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino «cristianos con riesgo». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral.

Yo mismo me he propuesto dedicar las próximas catequesis de los miércoles a la reflexión sobre los Salmos, comenzando por los de la oración de Laudes, con la cual la Iglesia nos invita a «consagrar» y orientar nuestra jornada. Cuánto ayudaría que no sólo en las comunidades religiosas, sino también en las parroquiales, nos esforzáramos más para que todo el ambiente espiritual estuviera marcado por la oración. Convendría valorizar, con el oportuno discernimiento, las formas populares y sobre todo educar en las litúrgicas. Está quizá más cercano de lo que ordinariamente se cree, el día en que en la comunidad cristiana se conjuguen los múltiples compromisos pastorales y de testimonio en el mundo con la celebración eucarística y quizás con el rezo de Laudes y Vísperas. Lo demuestra la experiencia de tantos grupos comprometidos cristianamente, incluso con una buena representación de seglares.

Catecismo de la Iglesia Católica.

"Este es el Misterio de la fe". La Iglesia lo profesa en el Símbolo de los Apóstoles (Primera Parte del Catecismo) y lo celebra en la Liturgia sacramental (Segunda Parte), para que la vida de los fieles se conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios Padre (Tercera Parte). Por tanto, este Misterio exige que los fieles crean en él, lo celebren y vivan de él en una relación viviente y personal con Dios vivo y verdadero. Esta relación es la oración. (2558)

¿Qué es la Oración?

Orar es "tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama". (Santa Teresa de Jesús). “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría” (Santa Teresa del Niño Jesús).

La oración como don de Dios

"La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes" (San Juan Damasceno). ¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde "lo más profundo" (Sal 130, 14) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. "Nosotros no sabemos pedir como conviene" (Rom 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín). (2559)

"Si conocieras el don de Dios" (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber.

Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea.

La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (San Agustín). (2560)

"Tú le habrías rogado a él, y él te habría dado agua viva" (Jn 4, 10). Nuestra oración de petición es paradójicamente una respuesta. Respuesta a la queja del Dios vivo: "A mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas" (Jr 2, 13), respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación (Jn 7, 37-39; Is 12, 3; 51, 1), respuesta de amor a la sed del Hijo único (Jn 19, 28; Za 12, 10; 13). (2561)

La oración como Alianza.

¿De dónde viene la oración del hombre? Cualquiera que sea el lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es todo el hombre. Sin embargo, para designar el lugar de donde brota la oración, las Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces). Es el corazón el que ora. Si éste está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana. (2562)

El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo "me adentro"). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza. (2563)

La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre. (2564)

La oración como Comunión.

En la nueva Alianza, la oración es la relación viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo. La gracia del Reino es "la unión de la Santísima Trinidad toda entera con el espíritu todo entero" (San Gregorio). Así, la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces Santo, y en comunión con El. Esta comunión de vida es posible siempre porque, mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo (Rm 6, 5). La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión con Cristo y se extiende por la Iglesia que es su Cuerpo. Sus dimensiones son las del Amor de Cristo (Ef 3, 18-21). (2565)

Sínodo Diocesano Valentino.

 

La Iglesia, desde el mandato de Cristo que invita a orar siempre y sin desfallecer (Lc 18,1). Tiene conciencia de que la oración debe ser un comportamiento fundamental de su vida. (646)

Fomentar entre los fieles el espíritu de oración, como ejercicio del sacerdocio bautismal que ofrece a Dios sacrificios espirituales, será uno de los cometidos hacia los que orienten su acción pastoral los ministros de la Iglesia. (647)

En la tradición ascético-litúrgica de la Iglesia se ha distinguido siempre entre la oración litúrgica –concretada hoy en la liturgia de las horas– y la oración privada bien sea mental o vocal. Estos distintos modos de hacer oración han de ser adaptados en la vida de las comunidades cristianas según el grado de formación de sus componentes. (648)

La oración privada debe ser considerada por todos como un factor primordial para nuestra vida cristiana. Al ponerla en practica imitamos a Jesucristo, que se retiró a orar a solas, y se promueve en nosotros el deseo de seguirle en su amor a Dios y al prójimo (Lc 6,12; 9,18; 11,1). (654)

Los sacerdotes aprovecharán tanto las exposiciones homiléticas como las exhortaciones en el sacramento de la penitencia para suscitar en los fieles el deseo de imitar a Cristo y unirse con El en la oración al Padre. Y procuraran:

Organizar encuentros de oración

Fomentar la práctica de retiros periódicos.

Establecer reuniones formativas en torno a la palabra de Dios, en las que tengan cabida tanto los espacios de silencio para la oración íntima como las preces espontáneas y personales. (655)

Un poco de Historia.

El Sínodo Diocesano (años 1982- 1983). El Grupo de Oración fue uno de los frutos del Sínodo Diocesano en la parroquia. La finalidad del Sínodo era que todos los creyentes, grupos y comunidades cristianas, participasen unidas en la revitalización de la Iglesia de Valencia, descubriendo juntos las exigencias evangélicas y misioneras de la identidad cristiana, estableciendo las tareas concretas para conseguir esos objetivos. El Sínodo convocado por el Sr. Arzobispo D. Miguel Roca, comprendía tres etapas: Parroquial, Arciprestal y Diocesana. Para la etapa parroquial se crearon cerca de 3.000 grupos parroquiales, y otros tantos moderadores con cerca de 35.000 participantes. A lo largo de dos años (1982 y 1983), se hizo una revisión de la propia comunidad parroquial, por medio de la oración compartida, la reflexión de la Palabra de Dios y de los textos del Concilio Vaticano II; esto propició una gozosa vivencia de la comunidad parroquial y de pertenencia a la Iglesia Diocesana. En nuestra parroquia se crearon ocho ó diez grupos, participando unas setenta u ochenta personas.

Etapa Post-sinodal (año 1984) Al finalizar la etapa parroquial, varios grupos viendo que la experiencia había sido positiva, propusieron continuar las reuniones y los encuentros.

Nuevo Grupo Parroquial. Este nuevo Grupo parroquial compuesto en principio por 15 ó 20 personas, no tenia una finalidad concreta, solo pretendía continuar la vivencia gozosa de la experiencia sinodal, desde la oración compartida y la escucha de la Palabra de Dios.

Al comienzo del curso siguiente, el sacerdote propuso que una misionera del “Verbum Dei” acompañara y compartiera con nosotros la fe, ésta misionera se llamaba Catalina, y al poco tiempo pudimos comprobar que era una persona sencilla, humilde y con una gran formación humana y cristiana, todo ello unido al testimonio de su vivencia de la fe.

La presencia de ésta misionera en el grupo fue providencial, contagiándonos a todos esa forma sencilla de vivir, y de entender la fe y la vida; tanto es así que al poco tiempo ya se empezó a nombrar al grupo por su nombre el “grupo de Catalina”. Cuando se enteró nos dijo que en la Iglesia no había grupos de ninguna persona en particular, y que si queríamos ponerle un nombre, le podíamos poner “Grupo de Oración”, y de ésta forma surgió el nombre.

Actualidad En el momento de redactar este librito de apoyo, el Grupo de Oración está formado por unas 30 personas, y se reúnen los martes, quincenalmente. Al terminar la reunión, el grupo se desplaza al templo a rezar el Rosario y celebrar la Eucaristía, con la comunidad parroquial, como hacían las primeras comunidades cristianas.

También conviene destacar, como la mayoría de los componentes del grupo, están comprometidos de alguna manera con la pastoral parroquial, sobre todo en Catequesis, animación litúrgica, bien como lectores ó desde el coro parroquial, otros lo hacen desde Caritas, Acción Católica, Manos Unidas, Consejo de Pastoral Parroquial u otra actividad pastoral, cada uno según su carisma y sus posibilidades.

En las distintas etapas, el Grupo de Oración, ha ido cambiando de guía espiritual, pero ha seguido siempre el mismo camino, el camino de la fe en Jesucristo; cada cambio ha sido un impulso que nos ha renovado y ha supuesto la transformación interior para muchos, ayudándonos a pasar de la fe del cumplimiento, a la fe del AMOR, celebrando lo que creemos, e intentando vivir lo que celebramos.

Creemos que merece especial atención la etapa de Catalina, porque se encontró con un grupo de personas con una fe vacilante, a veces desorientadas por los cambios que se estaban produciendo en la Iglesia, pero con buena disposición para acoger la Palabra de Dios. Ella con paciencia y sencillez, fue mostrándonos el rostro de un Dios Padre cercano, que nos ama a pesar de nuestros pecados, y que esta siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. Esa etapa fue el comienzo de algo Nuevo, que empezó a brotar en nuestros corazones, sin saber como y porque, pero que poco a poco y casi sin darnos cuenta fue cambiando nuestras vidas.

Hoy contemplando los años transcurridos y el camino recorrido, nos damos cuenta que todo es Don de Dios, gracia de Dios, y que todo forma parte del plan que Dios tiene sobre cada una de las personas con las que hemos tenido la oportunidad de relacionarnos y compartir la fe, enriqueciéndonos mutuamente.

El Grupo de Oración ha sido y es como una pequeña luz encendida en la Parroquia, como el corazón mismo de la Iglesia, que crece en Amor a Dios e intercede por toda la humanidad.

Finalidad del Grupo de Oración.

El Grupo de Oración, dentro y en comunión con la Parroquia, participa de su misma misión: ser cauce para acompañar a sus miembros al encuentro con Cristo Resucitado, por medio de la Oración y de la Formación cristiana.

Oración.- A la oración tenemos que acercarnos con limpieza de corazón, y con deseos y voluntad de mejorar cada día. La oración nunca debe de dejarnos indiferentes, porque o va cambiando poco a poco nuestra vida, nuestra forma de ser y de actuar, hacia una relación mas fraterna con Dios y con los hermanos ó no es oración.

Formación.- Es muy importante la formación cristiana explicada de forma sencilla, teniendo como referencia la Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia Católica, porque no se trata tanto de saber muchas cosas, como de intentar vivir lo poco o lo mucho que sepamos y que creemos. Se trata de Orar para creer, pedir al Señor que nos aumente la fe (Lc 17,5-10), y de celebrar con alegría aquello que creemos, intentando vivir lo que celebramos.

Ayudas para la oración. Orar desde la vida es orar desde la situación concreta de cada uno, con sus alegrías y sus tristezas, con la seguridad de que el Señor siempre nos escucha. “Si el afligido invoca al Señor, el lo escucha y lo libra de sus angustias” (Salmo 33).

La vida y la oración son inseparables, descubrir la oración es ir descubriendo cada día un poco más a Dios, y que todo cuanto hacemos de pensamiento, palabra u obra tiene una dimensión de eternidad, y trasciende el momento presente.

No hay un método para orar por que cada persona es única, y tiene una forma única de orar y de relacionarse con Dios. Lo que hay son orientaciones que pueden ayudarnos; las orientaciones son como las señales de tráfico que indican el camino, durante la oración tenemos que estar atentos a las señales, con las que el Espíritu Santo va a ir mostrándonos el camino por medio de insinuaciones, mociones, inspiraciones, y en los pequeños acontecimientos de cada día.

Antes de empezar la oración es necesario dedicar unos minutos a tranquilizar el corazón y la mente, haciendo un silencio interior, de manera que nada nos preocupe.

También es necesario ir creando en el interior de nuestro corazón, un clima para facilitar el encuentro con Dios presente en nosotros, y sobre todo de la presencia nuestra ante Dios.

Es importante y necesaria una actitud humilde, como la del publicano de la parábola (Lc. 18,9-14).

También es necesaria la limpieza de corazón, porque solo los limpios de corazón verán a Dios (Mt. 5,8).

Ponerse en presencia de Dios, es el inicio de toda oración, al tiempo que afirmamos con fe “Dios está aquí”, y me mira con amor.

Durante la oración no es necesario hablar mucho, ni de sentir alegría, paz, etc., se trata sobre todo de amar y de estar con el Señor; “Habla Señor que tu siervo escucha” (1 Samuel 3,8). La finalidad de la oración es la conversión del corazón

Terminar siempre la oración dando gracias a Dios, por su amor y su misericordia para con nosotros.

Oración perseverante. “Los discípulos perseveraban unidos en la oración y en la fracción del pan” (Hechos 2,42).

Orar continuamente es posible, basta con unir la oración a las obras, y las obras a la oración. Una obra, trabajo ó acción, por importante que sea, será una obra puramente humana, si no ha sido iluminada por el Espíritu Santo.

Para perseverar en la oración a lo largo del día, puede ayudarnos el “tener un plan personal de oración diaria”, bastaría tener al menos cinco momentos de oración a lo largo del día:

1. Por la mañana al levantarnos, tener un momento de oración más fuerte e intenso: el Señor cada mañana nos regala la vida y con la vida todos los dones espirituales y materiales, que necesitamos ese día para ser santos y felices: fe, familia, trabajo, amigos, etc, por lo mucho que recibimos tenemos que ser agradecidos. (Laudes, Ofrecimiento, Lectura del Evangelio, Meditación. etc.).

2. A media mañana. (Hora Intermedia, Padre Nuestro, Ave Maria, Jaculatorias, etc.).

3. A medio día, a las doce rezar el Ángelus, si se nos olvida lo rezamos a la hora que nos acordemos, se trata de acostumbrarnos, a rezar a unas horas determinadas.

4. A media tarde, podemos hacer lo mismo que a media mañana. (Vísperas, Eucaristía, Rosario, Lectura Espiritual etc.).

5. El último momento seria por la noche al acostarnos, éste podría ser un momento especial. No se trata de hacer solamente un examen de conciencia, se trata de prestar atención a aquellos momentos más importantes que hemos vivido durante el día, y preguntarnos: ¿Señor, a través de que personas y circunstancias te has hecho presente en mi vida y me has estado hablando? Y también ¿Cómo he reaccionado ante la misteriosa presencia de Dios en mi vida, en cada uno de esos momentos?.

Pedir siempre en la Oración la presencia del Espíritu Santo para que nos haga memoria de los momentos y vivencias concedidas por la Gracia de Dios y guardar en el Corazón (Lc. 2,51) como hacia Nuestra Madre la Santísima Virgen Maria todo aquello que durante el día nos ha regalado.

Distintas Formas De Hacer Oración.

Los caminos de la oración son muchos. Se puede orar de varias formas. Existen muchos modos de entrar en contacto con Dios. Cada quien elegirá el suyo de acuerdo a su personalidad, a sus circunstancias personales, a lo que le llene más espiritualmente en cada momento determinado. Éstas son:

1. Oración vocal: Consiste en repetir con los labios o con la mente, oraciones ya formuladas y escritas como el Padrenuestro, el Avemaría, el ángel de la guarda, la Salve. Para aprovechar esta forma de oración es necesario pronunciar las oraciones lentamente, haciendo una pausa en cada palabra o en cada frase con la que nos sintamos atraídos. Se trata de profundizar en su sentido y de tomar la actitud interior que las palabras nos sugieren. Es así como podemos elevar el alma a Dios. Podemos apoyarnos en la oración vocal para después poder pasar a otra forma de oración. Todos los pasos en la vida se dan con apoyos y la oración vocal es un apoyo para las demás. La palabra escrita es como un puente que nos ayuda a establecer contacto con Dios. Por ejemplo, si yo leo “Tú eres mi Dios” y trato de hacer mías esas palabras identificando mi atención con el contenido de la frase, mi mente y mi corazón ya están “con” Dios.

2. La lectura meditada: Un libro nos puede ayudar mucho en el camino a encontrarnos con Dios. No se trata de leer un libro para adquirir cultura, sino de tener un contacto más íntimo con Dios y el libro puede ser una ayuda para conseguirlo. No se trata de aprender cosas nuevas, sino de platicar con Dios acerca de las ideas que nos inspire el contenido del libro. Hay que leer hasta que encontremos una idea que nos haga entrar en contacto con Dios y ahí frenar la lectura “saboreando” el momento. Es así como se profundiza en las ideas del libro para escuchar a Dios. Si cuando estamos leyendo, se produce una visita de Dios, abandonémonos a Él. Al orar hay algo que nos “llama”, una idea en la que sentimos la necesidad de profundizar. Para profundizar volvemos a la idea para verla en todos sus aspectos hasta que llegue a sernos personal, hasta que la hagamos propia. Esta idea mueve nuestra voluntad, nuestra capacidad para el amor, el deseo y el afecto. Esta oración debe terminar con un propósito de vida de acuerdo a las ideas en las que hemos profundizado en compañía de Dios.

3. Contemplación del Evangelio: Consiste en leer un pasaje del Evangelio, contemplarlo, saborearlo y compararlo con nuestra vida, tratando de ver qué es lo que debo cambiar para vivir de acuerdo a los criterios de Cristo. Al leer el Evangelio nos vamos a familiarizar con los gestos y las palabras de Cristo, y a comprender su sentido. Poco a poco iremos cambiando nuestra mentalidad y nuestra conducta de acuerdo a los criterios del Evangelio. Comparamos nuestro actuar en la vida con la vida de Jesús en el Evangelio. Se trata de mirar a Jesús más que mirar el pasaje del Evangelio, escuchar su Palabra. Al orar de esta forma, hemos pasado de la reflexión que se detiene a mirar en cada punto a un mirar simplemente a Cristo. Para ponerlo en práctica se necesitan seguir los siguientes pasos:

a) Ponernos en presencia de Dios y ofrecerle nuestra oración. Leer lentamente la escena del Evangelio para tener una visión rápida de conjunto, del lugar donde sucede. Por ejemplo, en Belén, en el templo de Jerusalén, etc. Después pedirle a Dios que adquiramos un conocimiento más hondo de Jesús para amarlo más y poderlo servir mejor.

b) Volvemos sobre el pasaje evangélico y vemos las personas y:
- Vemos a los personajes que hablan y actúan en el pasaje. Fijarnos en cada uno en particular viendo primero su exterior para luego contemplar sus sentimientos más íntimos, sean buenos o malos. Sacar algún fruto personal.

- Después escuchamos las palabras: Penetrar en su sentido, poner atención a cada una de ellas. Algunas palabras las podemos escuchar dirigidas a nosotros personalmente. Sacar un fruto personal.

- Como tercer punto, consideraremos las acciones: seguir las diversas acciones de Jesús o de las demás personas. Penetrar en los motivos de tales acciones y los sentimientos que los han inspirado. Sacar algún fruto personal, recordando que la oración nos debe llevar a la conversión de corazón.

c) Terminar platicando con Jesús o con su Madre la Santísima Virgen María acerca de lo que hemos descubierto.

4. Oración sobre la vida cotidiana: Dios está presente en nuestra vida. Los acontecimientos de la vida son un camino natural para entrar en contacto con Dios. Es necesario buscar la presencia de Dios en nuestra vida y descubrir qué es lo que Dios quiere de nosotros. Esta búsqueda y este descubrimiento son ya una oración. Estar atentos a lo que Dios quiere de nuestra vida es hacer oración y nos invita a colaborar con Él. De esta “mirada” sobre mi vida nacerá el asombro, el agradecimiento, la admiración, el dolor, el pesar, etc. De esta manera nuestra vida entera será una oración.

5. Contemplación: Se le conoce también como silencio en presencia de Dios. Este es el punto donde culminan todos las formas de orar de las que hemos hablado con anterioridad. Es el momento en que se interrumpe la lectura, o se deja la reflexión sobre un acontecimiento, una idea o un pasaje del Evangelio. Se da cuando ya no hay deseos de seguir lo demás, se ha encontrado al Señor con toda sencillez, después de recorrer un camino. Hemos experimentado interiormente que Dios nos ama a nosotros y a los demás. Es guardar silencio en presencia de Dios con un sentimiento de admiración, de confusión, de gratitud, cuando nos sentimos invadidos por la grandeza de Dios y su amor hacia nosotros y nos ofrecemos a Él.

La oración contemplativa es mirar a Jesús detenidamente, es escuchar su Palabra, es amarlo silenciosamente. Puede durar un minuto o una hora. No importa el tiempo que dure ni el momento que escojamos para hacerla.

Para tener una oración contemplativa, debemos:

a) Recoger el corazón: Olvidarnos de todo lo demás, encontrándonos con Él tal y como somos, sin tratar de ocultarle nada.

b) Mirar a Dios para conocerle: No se puede amar lo que no se conoce. Al mirarlo debemos tratar de conocerlo en su interior, sus pensamientos y deseos.

c) Dejar que Él te mire: Su mirada nos iluminará y empezaremos a ver las cosas como Él las ve.

d) Escucharle con espíritu de obediencia, de acogida, de adhesión a lo que Él quiere de nosotros. Escuchar atentamente lo que Dios nos inspira y llevarlo a nuestra vida.

e) Guardar silencio: Silencio exterior e interior. En la oración contemplativa no debe haber discursos, sólo pequeñas expresiones de amor. Hablar a Jesús con lo que nos diga el corazón.

Modos De Oración. (De los Ejercicios de San Ignacio de Loyola)

a. Meditación es considerar con las potencias del alma las grandes verdades de la fe. La memoria debe recordar, la inteligencia discurrir, y la voluntad amar. Es un discurso razonado de la inteligencia sobre una verdad revelada para más convencernos de ella, más amarla y más ponerla por práctica.

b. Contemplación es una mirada intuitiva de la inteligencia para penetrar más profundamente en las acciones de Nuestro Señor, para que el ejercitante más se mueva a amarlo e imitarlo en su proceder.

c. Repetición es cuando se medita (o contempla) por segunda vez y con mayor atención en una materia ya ejercitada, volviendo a considerar lo mismo para sacar provecho o ampliando algún aspecto de la materia dada, prestando mayor atención en los puntos que se han sentido mayores mociones (consolación o desolación)

d. Resumen es cuando «el entendimiento sin divagar discurra asiduamente por la reminiscencia de las cosas contempladas en los ejercicios pasados». El resumen tiende dejar bien clavadas las ideas en el entendimiento.

e. Aplicación de sentidos, «traer los sentidos» a la materia contemplada, es «el pasar de los cinco sentidos de la imaginación» por las contemplaciones ya hechas. Nuestros sentidos deben tratar de percibir lo que allí ocurre. «El quinto ejercicio, que es aplicación de sentidos, es muy fácil y útil, imaginando que vemos las personas, y que oímos las palabras o el ruido si alguno hay; e tocamos o besamos los lugares o las personas, cosa que debe hacerse con gran reverencia, modestia y temor. El olfato se aplica a oler la fragancia de los dones de Dios, y el gusto, a saborear la dulzura; cada uno de los cuales pide cierta presencia del objeto o de las personas que meditamos, acompañada de gusto y de tierno amor hacia ellos».

El director debe lograr que el ejercitante se familiarice y experimente todos estos modos de oración.

Tres modos de orar

San Ignacio señala también tres modos de orar, que debemos saber experimentar y enseñar.

1º El primero acerca de los diez mandamientos, o los pecados capitales, o las potencias del alma, dejando que el alma repose en cada uno de ellos; y los considere por breve tiempo tratando de sacar de cada punto el mayor fruto posible.

2º El segundo reflexionar sobre cada palabra de las principales oraciones del cristiano (Padre nuestro, Ave María, etc), sin prisa en pasar de una palabra a otra sino dejando que el alma permanezca cuanto le parezca necesario en la consideración de cada una.

3º El tercero es rítmico, se trata de lograr que en cada aliento o tiempo de respiración se diga una palabra de las principales oraciones cristianas, (Padrenuestro, Ave María, etc.) y en ese breve instante considerar lo más provechoso que el alma pueda sacar de ella; sea la significación de tal palabra, sea la bajeza de sí mismo, etc.

Esquema de los encuentros.

Saludo y bienvenida: El encuentro fraterno nos anima y da vida como grupo y nos ayuda a la oración personal y comunitaria.

Inicio: Empezamos el Encuentro y la Oración con la Invocación al Espíritu Santo y con un Canto que nos prepare, centre y eleve el corazón a Dios.

Rezo de Vísperas: De manera pausada y saboreando cada palabra, pues es dirigida a Dios y es en Dios mismo, que somos nos movemos y existimos (Hechos 17,27).

Oración personal: Después de la lectura breve, guardamos unos minutos de silencio, para interiorizar lo que hemos rezado y escuchado.

Magnificat y preces: Terminamos la Oración de las Vísperas con la plegaria de la Virgen María y pedimos a Dios, de manera espontánea por las necesidades de la Iglesia, por las intenciones del Santo Padre, de nuestra Diócesis y nuestro Obispo, y por nuestra parroquia.

Momento para compartir: Voluntariamente compartimos todo aquello que durante los quince días hemos podido vivir, como experiencia y presencia de Dios. Acontecimientos, anécdotas, dificultades o beneficios. Como está actuando Dios en nuestra vida y pude ser una ayuda o motivo de oración para los hermanos.

Exposición y desarrollo del tema del día: Siempre a partir de la Sagrada Escritura, El Catecismo de la Iglesia Católica. Es el momento que dedicamos a la formación del grupo.

Oración final y despedida.

    Catecismo Breve.           Hora Santa.      Vía Dolorosa.     Oraciones Selectas   Rezad el Rosario   
    Nueve Visitas al Santísimo Sacramento.            Siete Domingos en honor a San José.
   Oraciones de Siempre.        Oraciones para La Sagrada Comunión.         Reflexión Sobre el Padre Nuestro.
   Quince Minutos con Jesús Sacramentado